Miré a los ojos a la verdadera crisis
Desde principio del 2008, quizá antes, comenzamos a notar eso que se conoce como crisis y que afecta a unos más que otros. Sociológicamente ha habido un corrimiento de estatus en cada uno de los grandes grupos sociales, abriéndose más espacios en el segmento “clases medias”; la clase media baja ya es baja; la media-media es media baja y así sucesivamente. Esta situación de “encojimiento y temor de perder lo que tenemos”no nos hace diferentes al resto de europeos, quienes piensan que los habitantes de la piel de toro “vivimos de otra manera; que somos más alegres y felices y que el Sol nos alimenta”, y por eso poco previsores y provisores. Pero además de la gente cercana (compañeros de trabajo, amigos, conocidos y gentes que nos encontramos en ocasiones en los mismos sitios) poco sabemos de esta crisis. La palabra se está estereotipando de tal manera que para cualquier cosa y asunto la mencionamos. Pero todos no la sentimos de igual forma. Las crisis, desgraciadamente, no son compartidas en igualdad.

Intentando entender
No hay ley ni reglamento que obligue a los que más tienen a subvencionar a los que menos tienen. Pero las clases medias asentadas (funcionarios, directivos…) tampoco son solidarios con la gente que está padeciendo verdadera hambre y miseria; diría que desesperanza y en algún caso (más de los que sabemos) el suicidio provocado por la depresión mental por no encontrar salida. ¡No los conocemos!; ¡no sentimos su desgracia!; ¡no vivimos sus días sin pan!. Pero esas personas existen y están ahí.
Hace un par de días, en una “gran superficie”, me dirigía a la Caja, a pagar el carro de compra y vi a una señora mayor; tendría setenta y tantos años y me fijé en su rostro; blanco, descuidado; y miré sus ojos, aquellos que tenía fijos en el carro de mi compra; y me di cuenta inmediatamente que envidiaba todo lo que contenía. Me miró y, seguramente por vergüenza, apartó los ojos de mi y de los alimentos y se marchó deambulando entre filas y filas con comestibles diversos. Miró para atrás y me vió obsarvándola. Su mirada era un SOS; sin palabras; muda.
Es difícil olvidar una imagen así. Se instala en tu mente como una instantánea fotográfica sin posibilidad de enviarla a la papelera. Quizá sea bueno que sea así; tomar concienda con el objetivo de derretir el témpano helado en que nos hemos convertido e intentar ser persona.